Un mono de verdad sentado sobre una roca, pero con corona. El grado cero de la mitología, como supongo que lo imaginan muchos hindúes. Tiene un aspecto de mono de feria que lo acerca al creyente más humilde. Quizá si a mí me hubieran dicho de pequeño que dios era un monito de feria, hubiera creído en él; a lo mejor, de todas maneras, no. Ya sé que hay representaciones más complejas del dios mono, pero a mí me ha gustado siempre ésta. Lo ví en un libro que acumulaba polvo en una librería de viejo holandesa. El libro trae también la foto del mendigo que aparece en el Mono gramático. Sí, compré el libro por nostalgia de la primera vez que leí el Mono y también porque se acerca a la imagen de Hanuman aporreando la máquina en la Tierra roja de Chandra. Me reconfortó pensar que el camino de Yalta también pasaba por esa librería del Spui de Amsterdam y que mi costumbre de acumular en mi casa objetos salvados de las bodegas o la intemperie quizá me reportara al menos este consuelo: ver monos de verdad sentados sobre una roca, pero con corona.
Manos de barro
En el escritorio tengo un mono de barro. Es gordinflón y calvo, plácido como conviene a un mono de la manada de Epicuro. Pierde cada vez más brillo y le cuesta sostener el lápiz que tiene como adorno entre las manos. A veces lo pongo a prueba y le retiro el lápiz para ver si recae en su estado gutural de mono analfabeta. Pero es un mono fiel: cuando vuelvo a ponérselo lo sostiene otra vez con algo que se parece a la dignidad y a la alegría. Es un mono fiel de la manada de Epicuro, con manos de barro, con un lápiz y con pensamientos que no comparte.
Hendidura, relámpago, un nombre habrá que darle, dependiendo de si viene de arriba o de abajo. Tal vez una sinapsis malograda, un pulso que perdió de pronto el paso. Aparece así, donde antes estaba el día y te dice algo olvidado, un olor perdido, una corriente de aire que ya no sopla. La de hoy ha sido: “mi reino por un caballo.” Hendidura o relámpago, se quedó trotando todo el día.
Pie de imprenta
Dibujo de Luis Felipe Comendador
Vine aquí para conocer esta ciudad en la que se publicó hace tiempo un libro mio. Es una ciudad desvencijada, de casas viejas barridas por el viento, de fábricas vacías con las puertas abiertas, como si hoy viniera a trabajar una plantilla de fantasmas. Aire muy denso y el frío, qué frío. Pensándolo un poco, un gran lugar, el mejor posible para publicar un libro de poesía: un lugar como este, que ha comenzado a despedirse de la existencia. Que tal vez ya se fue, ya está en otra parte, pero no nos damos cuenta.
Esta es la portada de mi poesía reunida, publicada hace poco en España por Ediciones Liliputienses:
Y esta es la que llevará la edición mexicana, que publicará próximamente el CONECULTA Chiapas:
Es el mismo libro y es otro a cada lado del mar... más o menos como su autor. El mismo libro, proyectos diferentes.Y están publicados en Extremadura, que ya casi es Portugal, y en Chiapas, que ya casi es Guatemala. En las zonas grises, que es donde mejor se está.
En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles? - See more at:
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En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?
Los columpios
Los columpios no son noticia,
son simples como un hueso
o como un horizonte,
funcionan con un cuerpo
y su manutención estriba
en una mano de pintura
cada tanto,
cada generación los pinta
de un color distinto
(para realzar su infancia)
pero los deja como son,
no se investigan nuevas formas
de columpios,
no hay competencias de columpios,
no se dan clases de columpio,
nadie se roba los columpios,
la radio no transmite rechinidos
de columpios,
cada generación los pinta
de un color distinto
para acordarse de ellos,
ellos que inician a los niños
en los paréntesis,
en la melancolía,
en la inutilidad de los esfuerzos
para ser distintos,
donde los niños queman
sus reservas de imposible,
sus últimas metamorfosis,
hasta que un día, sin una gota
de humedad, se bajan
del columpio
hacia sí mismos,
hacia su nombre propio
y verdadero, hacia
su muerte todavía lejana.
-----
*De Fabio Morábito, De lunes todo el año, México, Joaquín Mortiz, 1992 (= La ola que regresa. Poesía reunida, México, FCE, 2006).
Oigo los coches Poema publicado el 12 de Agosto de 2003
En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?
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Oigo los coches Poema publicado el 12 de Agosto de 2003
En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?
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En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
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En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
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En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
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Quiero decir, el otro: a partir de ahora, el blog se ralentizará un poco para darle tiempo al otrooficio... el griego, las clases, los artículos, las traducciones...
O tal vez de vez en cuando se me crucen los cables y ponga aquí algo en alfabeto del bueno... porque al fin y al cabo son el mismo oficio.
Cuando todo estaba colocado y el coche rodaba con su olor aquel de aceite amargo, a esa hora de la madrugada de la que no puede resultar nada bueno. El perro echaba a correr detrás de nosotros, la lengua, los ojos brillantes, las patas finalmente derrotadas quedaban por un rato entre el polvo atrás y el mundo era grande e innecesario. Era el perro de mi niñez, el que siempre se me quedaba mirando desde la carretera. No he dejado de verlo desde entonces en los aeropuertos, los taxis, las estaciones, su mirada preguntando siempre adónde voy, para qué voy, a esa hora de la madrugada en la que el mundo sigue siendo grande e innecesario.
Periféricos
El jet lag, los husos, los cambios horarios, llámalos como quieras, son en verdad rincones de una casa a la que se vuelve de vez en cuando. Buscas primero lo que dejaste la última vez, ordenas un poco, deshaces la maleta. Te asomas a la ventana si no puedes dormir, te levantas a las cinco a ver los primeros coches en el periférico. Siempre piensas lo mismo, que eres tú el que va en ese Volkswagen al trabajo y que quien te ve desde la ventana, ese turista, no es más que un punto borroso, puesto por error en una franja horaria que no le corresponde: ya verás cómo por la tarde, al hacer el viaje de regreso ya estará dormido porque es de noche en su país, y tú pasarás de largo en tu Volkswagen deseando que caiga la noche en el tuyo.
-¿Es verdad, señor Einstein, que ustedes, los científicos, creen en un mundo fuera de la conciencia humana?
-Hay una realidad más allá de nosotros. Toda verdad humana sólo deriva de ella.
-Ah, no diga usted eso. Yo sólo puedo hablar de lo que he percibido.
-Señor Tagore, escúcheme: la suma de los ángulos interiores de un triángulo sería igual a dos rectos aunque no hubiese humanos.
-¿Y quién puede probar semejante supuesto?
-La razón, pues sus leyes imperan para todos. Budistas, musulmanes,
pielesrojas, albinos... nadie puede evadir los axiomas del mundo.
-Sólo porque aquí hay hombres son verdad esas cosas.
-¿Afirma usted entonces que si no hubiera humanos, el Apolo de Belvedere dejaría de ser bello?
-Sí señor, eso digo.
-Pues yo pienso otra cosa. Aunque todos muriéramos, y el sueño de la
especie se borrara, fuera de nuestras mentes persistiría el mundo, y el
mármol, ya invisible, guardaría su belleza.
-Entonces, señor Einstein, usted es mucho más religioso que yo.
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* De ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?(Bogotá, 1995). El libro completo, aquí. Toda la obra poética de William Ospina ha sido recogida en Poesía 1974-2004, Barcelona, La otra orilla, 2008.