
Ojalá hubiera más bocones como este. Me acabo de leer su último libro, Para que no imagines, publicado por Amargord en Madrid hace un año. Tiene relleno, sí, como todos los libros de Kozer: el relleno es parte de su escritura, o lo tomas o lo dejas. Pero tiene poesía de la buena en cantidades impresionantes. Como todos sus libros anteriores: miles de líneas, cientos y cientos inagotables de páginas como en un río demente. El lenguaje es un río demente; la vida, ya se sabe, también.
Aquí van tres poemas de no sé qué libro. Supongo que él tampoco se acuerda.
ORIFICIO
A mis
espaldas el sol hace temblar las hojas de la catalpa
en la
blanca pared.
En el vaso
tallado, la leche hervida: espesa, aún hierve.
En su
centro un punto rojo de fuego, tiembla:
azul, la
llamarada.
Extiendo el
brazo una sed incalculable la sombra del brazo
en la larga
superficie de la mesa, me retiene:
un temblor
azul llaga roja en medio de la leche.
Sombras, el
vaso: hierve.
Despliega
el vaso sus sombras: soy observado, un muro,
/ murallas,
por una
puerta lateral oigo ajetrearse a mi
madre mi
padre se derrama amarillo (azuláceo)
ascuas su
mirada, en la ventana.
Temo por
mí, este pedazo: y dejo caer la mano sobre la
mesa,
astillas,
salta el polvo, orín, aserrines, toso:
reverbera
el espacio a un lado dos muertos
(mujeres)
al otro extremo son cuatro hombres
muertos,
una efigie: se van a desplomar las
sombras.
Las hojas
de la catalpa rozan el cristal de la ventana miro la
luz miro
las tres el calor de las tres en la
esfera
blanca a un lado de la pared la esfera
inmovilizada
al otro lado su minutero se ha
desplomado:
y me paso la lengua por los labios
en este
calor del día a la mesa (descalzo)
(cegado, en
la blancura) incapaz de acercarme
a toda esa
abundancia de leche cruda (savia)
júbilo,
blanco: bajo la frente, me guardo de
mí mismo,
oculto los puños en los bolsillos del
pantalón
corto (beige) huelo, rancio.
No beberé.
En el centro del vaso de leche está el azogue cor-
/ poral
que
aniquila, conozco la brújula a ese centro:
no alzaré
los ojos no transcurrirá la hora el
buey ha de
permanecer dormido el gallo roto en
la cerca.
La sed ha
desaparecido volcaron el vaso: se chamuscó la
/ madera,
cayó la
noche (duermen) están apaciguados. Y yo
puedo
verter una gota de plomo derretido. sellar.
ORFEO
Eso que
dicen no tiene nada que ver con esto, lo sé
(es un
decir) cuando camino: adelanto un pie
se mueven
los astros, otro pie, se corren de
su
posición, si quiero detenerlos, me detengo,
el amarillo
para la luna, así, el cobalto para
la
superposición de los firmamentos, un solo
cobalto
azul para todos los incomensurables
estratos de
lo mismo lo mismo, en capas,
superposiciones,
yo sé lo que me digo, con
este color,
basta: lo sabe poca gente pero
es el único
color (intrínseco) su otro espacio.
Todas mis
palabras son cuerdas; los hechos, chuecos:
acérquense,
al bosque.
Oigan a la
tórtola, mudez: a la estrella, costurón y
pieza
(también) muda: ¿no oyen? Nadie vira el
rostro; y
yo al virar la cara los hago virar
el rostro
en dirección contraria, inmóviles:
redondos de
pupila, mi pupila un rombo amarillo,
y viro la
cara (chiribitas, rojas) otra vuelta
(violáceo,
ese estertor adentro del cuerpo:
ves que no
hay nada; piezas, órganos inamovibles
un guirigay
de motas microscópicas, te digo que
sin ton ni
son: el organismo violeta, adentro,
tiene su
lugar adentro, afuera, nada) y por
tercera y
última vez viro el rostro, soy ellos:
la blanca
espuma en la larga cola de la Vía
Láctea
rodeada del liso alquitrán negro (inaudible)
del golpe
vegetal que los hizo: alzo la voz, hago
que se
callen; respondo, preguntan que a qué pregunta;
río, ríen,
me tapo las orejas hasta el fondo, del
pabellón al
yunque (caracoles) soy inaudible.
Eso (ya
ven) que se desliza, son palabras. Todo lo otro (sé)
(y eso es
otro decir) es inmutable: no se inmuta
el buey,
resplandece en las carnicerías; el
hormiguero
en su curso (fíjate) zarandea el
sistema
solar completo: trabajan, y resplandecen.
Abro, para
qué, la boca: mana.
El vestigio
del vuelo de las aves, acude: oyen.
La
luciérnaga en la noche cerrada, oye: se atolondra.
Animales del
bosque, al claro: cefalópodos unicornios
bestias de
hambre, regurgitación, descanso:
y la flauta
travesera (en posesión de todas
mis
facultades mentales) (¿ven?) (¿oyeron?)
trajo al
corzo, a la corza sobre el corzo,
no se
inmutó el orbe (tampoco) esta vez,
abra o
cierre la boca (que esta boca es
mía) acudo,
dejo caer los brazos, soy todo
orejas.
Dueño y
señor de los descampados (no se sabía a que no);
boca y
vozarrón. Señor del bosque (imperceptible)
los bosques
y el olfato (husmeo, el aire) ya los
oigo venir
(me oigo) entono, añil embriaguez las
palabras,
se fugan.
ZOZOBRA
Una mujer
cuatro veces en la silla tijera tocando el
violonchelo,
caen glicinas, la falla de un
espejo.
Cuatro
mujeres, al alba: un solo espejo. El violonchelo
entre las
piernas de la mujer de largos
vuelos,
roza la saya negra el suelo de
tablas
(color ladrillo) cuatro veces
retoma el
arco a su lado una viola
de gamba al
violín, el arco en las
glicinas,
una flauta travesera.
Cuatro
mujeres, la quena: en las estribaciones el aire
enrarecido,
germina: un polen (abrupto)
se detuvo,
la música. Ralos árboles,
impávidas
floraciones, un mosaico el
silencio.
Y por la
falla del gran espejo del salón (su cuerpo entero)
asoma el
escarabajo (urde, letras) (arpegios,
ha urdido)
cae la araña encima de una
germinación
diminuta, hilos.